112).-La investigación del Titanic / Investigadores privados
Firmas
Opinión | Mate usted y venga a verme
Francisco Marco, detective privado, doctor en derecho y académico de la Real Academia Europea de doctores analiza el papel del detective en la defensa penal y de cómo la reforma de la LECrim puede acercar a España al modelo italiano de investigación defensiva. Foto: Confilegal.
02/12/2025
Hace unos años alguien me habló de un abogado argentino tan bueno que se promocionaba con un eslogan brutal: «mate y venga». Algo así solo es posible en sistemas judiciales tan adversariales y americanizados como esos en los que la Fiscalía juega a un lado, la defensa al otro, y en medio se libra una batalla encarnizada, con cada parte armada con sus propios investigadores, peritos y estrategas.
En España no llegamos a tanto –ni falta que hace–, pero la pregunta de fondo es legítima: ¿qué armas reales tiene la defensa frente a la acusación?
Llevo años diciendo, casi predicando en el desierto, que si España se tomara en serio la reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal miraría a Italia con menos soberbia y más atención. Allí existe algo que aquí ni nos atrevemos a nombrar sin latinajo: las indagini difensive. No es un capricho exótico, es una forma de dotar a la defensa de las mismas armas que a la acusación.
En Italia, desde la Ley 397/2000, la defensa tiene derecho a investigar por su cuenta. El abogado deja de limitarse a reaccionar a lo que trae la Fiscalía y sale al campo.
Puede interrogar testigos, buscar nuevas pruebas, pedir documentos, encargar peritajes y apoyarse en auxiliares –entre ellos investigadores privados autorizados– para reconstruir los hechos a favor de su cliente.
Dicho sin rodeos: la acusación no tiene el monopolio de la verdad. La defensa también puede ir a buscarla. Aquí nos falta algo así para dotar al derecho de defensa de todo el contenido que le da el artículo 24 de la Constitución.
Con esa obsesión en la cabeza llegué al desayuno de Sociedad Clave –lobby de detectives ideado por Julio Gutiez para darnos voz–, esa mañana en la que el café estaba razonablemente bueno y los cruasanes cumplían su función de excusa civilizada.
Al otro lado de la mesa, Carlos Berbell, director de Confilegal; a este lado, tres detectives: David Sanmartin, Lola Murias y quien firma estas líneas. David pregunta como si cada respuesta ya la hubiese estudiado previamente; Lola tiene esa mirada ilusionante de quien sabe que este oficio todavía tiene futuro, si nos dejan trabajar.
La pregunta que le planteamos a Berbell era tan simple como cruel: qué tendríamos que hacer los detectives para dejar de ser un recurso exótico y convertirnos en una herramienta cotidiana para los abogados.
Ellos defienden, nosotros probamos. O formamos parte de la estrategia desde el principio o seguiremos siendo ese número al que se llama cuando la causa ya huele a condena.
Yo esperaba una respuesta diplomática, de esas que sirven para quedar bien con todo el mundo. Pero Carlos Berbell decidió contestar en serio. Y contestar en serio hoy pasa por hablar de la nueva Ley de Enjuiciamiento Criminal.
UN HORIZONTE DISTINTO PARA LOS DETECTIVES
En pocas frases dejó claro lo esencial: la investigación penal se concentra en la Fiscalía, aparece la figura del juez de garantías y el resultado práctico es más control sobre las comunicaciones, más secreto y menos filtraciones. Para el periodismo judicial, un terremoto. Para la opinión pública, más penumbra.
Y, sin embargo, en ese paisaje más oscuro para los periodistas, Berbell vio un horizonte distinto para los detectives.
Si la instrucción está en manos del Ministerio Fiscal y la acción popular se estrecha, el margen real que le queda a la defensa es la investigación extraprocesal, la que no dirige el Estado sino el abogado con sus propios medios. Es ahí donde los informes de los detectives dejan de ser un adorno y empiezan a parecerse a una auténtica investigación de la defensa.
Berbell habló –como recuerda la estudiante de investigación privada Sara Formoso– de una «solución a la americana»: de un lado, Fiscalía y fuerzas de seguridad; de otro, el abogado defensor acompañado de un detective, construyendo su caso en un plano propio.
Mientras le escuchaba, yo traducía mentalmente: no estaba describiendo una fantasía procesal, estaba describiendo, con otras palabras, el modelo que Italia lleva años aplicando con normalidad.
Allí el defensor no se limita a esperar: investiga. Aquí todavía discutimos si los detectives pueden investigar delitos.
La conversación giró, como ya es inevitable, hacia la inteligencia artificial. La generativa, para fabricar realidades; la predictiva, para sugerir decisiones. En el CENDOJ ya se usan sistemas de IA al servicio de los magistrados y nadie pondría la mano en el fuego por que dentro de unos años los asuntos sencillos no acaben cribándose con fórmulas que nadie ha votado.
En este contexto, el detective deja de ser un personaje pintoresco y se convierte en algo serio: el testigo profesional de lo real. El que estuvo allí, el que tomó la foto, el que puede decir «esto ocurrió así» sin que un algoritmo pueda desmentirlo.
No bastará con presentar un vídeo o un audio técnicamente impecable. Habrá que explicar quién lo obtuvo, cuándo, cómo y bajo qué garantías. Si la inteligencia artificial multiplica las posibilidades de manipular la prueba, el detective puede ser –si le dejan– el antídoto humano frente a esa manipulación.
No es nostalgia analógica, es simple necesidad democrática. La cadena de custodia ya no puede ser solo técnica: tiene que ser humana, trazable y profesional. Y eso exige protocolos claros, formación específica y reconocimiento legal expreso.
El otro gran tema fue el acceso a la información. Lo que antes era consultable pasa ahora a protegerse detrás de nuevas capas de protección de datos entendida como muralla y no como garantía.
Se invoca la privacidad para blindar lo que en realidad es opacidad. Berbell reivindicó la línea de Confilegal: información lo más neutra posible, datos limpios para que cada lector se forme su criterio. La información como algo sagrado; la opinión, como este artículo, como un añadido que hay que distinguir claramente.
Mientras lo escuchaba, miraba de reojo a David Sanmartin y a Lola Murias y pensaba que nuestra profesión está en ese mismo punto de inflexión.
O asumimos que el detective puede y debe formar parte de una verdadera investigación defensiva –con reglas claras, con responsabilidades claras y con un reconocimiento expreso en la ley– o seguiremos siendo los extras discretos de una película que siempre protagonizan otros.
La reforma de la LECrim, con todos sus matices, abre una ventana mínima. Que se convierta en puerta o en mirilla cerrada dependerá de lo que hagamos ahora.
Si la abogacía reclama un modelo de indagini difensive a la española y los detectives estamos a la altura de esa exigencia, quizá consigamos algo más que colar un latinajo en las tertulias jurídicas.
Quizá consigamos que la defensa, de verdad, también pueda ir a buscar la verdad y no solo soportar la que le cae encima.
La única pregunta que queda por responder es si el legislador tendrá el valor de incorporarlo, si el Ministerio Fiscal permitirá tener enfrente a un competidor que no lleve el brazo atado a la espalda, y si la Policía Judicial asumirá que, con un abogado defensor con las mismas armas que el fiscal –de la mano de un investigador privado–, las pruebas obtenidas con “inteligencia policial” deberán ser trazables.
Tendríamos un proceso penal más equitativo, un procedimiento con más garantías y un derecho de defensa con la «D» mayúscula. Es cierto, no haría falta llegar al «mate usted y venga a verme»; bastaría con poder prometer algo mucho más honesto: lo defenderemos de verdad y con la verdad. Ahora solo falta que el legislador tenga el valor de escribirlo en la ley.






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